viernes, 2 de febrero de 2018

"CEMENTERIO EL SAUCE - SAN JUAN DE LURIGANCHO: UNA BREVE ESTAMPA"


Sector elevado del Cementerio El Sauce. 
En primer plano, humilde tumba de niño. 
Arriba, al fondo, una retroexcavadora abre
paso para ampliación de caminos y viviendas.
En muchos aspectos, el cementerio, pueblo de muertos, sigue las pautas de la comunidad de los vivos, de la cual es contraparte a la vez que continuidad. Se extiende confusamente, al igual que aquella, sobre la pendiente que colinda con sus casas; trepa con osadía, igualmente, las faldas de los cerros e incluso allá, más arriba, donde se asientan precariamente algunas wawas, cuyas tumbas apenas están señaladas por sencillísima cruz de madera con nombre y fecha, guijarros esparcidos alrededor, y un humilde atadito de tallos secos, floridos alguna vez. 

Por supuesto, también, es lugar eterno de juego, como en el caso de los juguetes dejados a los niños en su eterna cuna, y de comida y bebida, para aquellos a quienes se recuerda por estas dos últimas aficiones: “Sí pues, así le gustaba su cervecita”, oíamos decir, con cariño, a una resignada familiar. A más de un difunto, hemos constatado que se les deja, o bien un vaso de cerveza que por el tiempo tiene ya una capa de fermento, rodeado de mosquitos, o –de parte de los más prácticos– pequeñas botellitas de fantasía, de cerveza y gaseosa. Y no falta, finalmente, algún nicho pintado de un pálido e inexplicable color crema. En fin, “genio y figura”, como se suele decir.